Mi abuela, rápida, saca toda la ropa que estaba en el tendedero, contraria a lo que pensaba yo en ese momento: dejar la ropa ahí para que ese viento secara más rápido las prendas. Equivocado estaría.
Luego, las puertas del patio se comenzaron a cerrar. Nadie podría salir por lo menos en un buen rato, y quien se atreviera, lo debería hacer cubierto de telas difíciles de describir.
En solo cinco minutos de la última reflexión, comenzó el espectáculo que hace mucho no presenciaba y que raramente anhelaba.
Había comenzado a llover.
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